Pandemia: Herodes al mando. Niños y jóvenes víctimas de la gestión, no del virus

Fuente: http://kalewche.com/pandemia-herodes-al-mando-ninos-y-jovenes-victimas-de-la-gestion-no-del-virus/

Nota.— el texto que ofrecemos a continuación es la transcripción –sin notas al pie ni referencias bibliográficas– del capítulo VIII del libro escrito por José Ramón Loayssa y Ariel Petruccelli, Una pandemia sin ciencia ni ética, publicado por Ediciones El Salmón a comienzos de 2022. Esta obra contó con la colaboración de los médicos españoles Juan Gérvas (prólogo) y Juan Simó (cap. X), y también de Manuela Contreras García e Isabel Canales Arrasate, cuyo capítulo es el que aquí presentamos. Esperamos publicar en breve una reseña del libro. Si bien las referencias fundamentales en que se basan Contreras García y Canales Arrasate corresponden a España, su país, buena parte de lo que afirman es extrapolable a otros estados, de Europa y América Latina ante todo. El público lector de Kalewche puede hallar algo de información biográfica sobre las autoras en la sección Autores de nuestra página web.

Si la gente se cae constantemente por un acantilado,
puedes poner ambulancias bajo el acantilado
o construir una valla en la parte superior.

Denis P. Burkitt



“Quiero jugar, estar con mis amigos, ir a la calle”. Estas frases habituales de las niñas y niños, sus peticiones incesantes de juego y de vida, han cobrado especial significado durante la pandemia de covid-19. Nuestras abuelas dirían que “ellos necesitan correr, jugar con sus iguales, estar en contacto con la naturaleza, tanto como el comer”. Y ciertamente es así. Los niños no son adultos pequeños, ni en necesidades, ni en capacidades. Ni tampoco lo han sido concretamente en todo lo relacionado con los síntomas y consecuencias producidas por el virus SARS-CoV-2. Y lo vivido en su infancia no solo afecta a su salud actual, sino que dejará también una huella indeleble para el resto de sus vidas. Su capacidad de resiliencia no debería ser usada para no atender sus necesidades más profundas. El interés superior del menor, su derecho a ser cuidado, debería prevalecer por encima de cualquier otra consideración.

Pero, ¿hemos tenido en cuenta la realidad infantil a la hora de tomar las decisiones que afectaban sus vidas? ¿Hicimos un adecuado balance riesgo-beneficio de las mismas? ¿Respetamos el primum non nocere durante este tiempo? ¿Les estamos escuchando, nos importan sus voces?

Pretende ser esta una revisión cronológica de lo hecho y dicho sobre la infancia y adolescencia en cada hito significativo de esta pandemia. No desde lo que sabemos ahora, sino desde las dudas y también el conocimiento que había en cada momento. Porque si bien es cierto que la incertidumbre dominaba la escena inicialmente, se iban acumulando datos, testimonios y evidencias que señalaban la idoneidad de revisar, incluso corregir algunos protocolos, declaraciones e informaciones ampliamente extendidas. ¿Lo hicimos? ¿O han sido las medidas tomadas sobre la infancia las que finalmente han afectado más que el propio virus a niñas y niños?

Confinamiento infantil y cierre de escuelas

En marzo de 2020, se declaraba la pandemia por SARS-CoV-2 a nivel mundial. El 14 de marzo, era impuesto en España un estado de alarma; y con él, dos medidas que, sin saber cuánto iban a durar, impactaban claramente sobre las vidas de niñas y niños: un confinamiento estricto y el cierre de las escuelas.

A pesar de las dudas existentes a muchos niveles, casi desde el principio algunas cosas parecían claras. Sabíamos que, en su inmensa mayoría, las niñas y niños estaban bien físicamente. El virus SARS-CoV-2 afectaba de una manera leve y autolimitada a la infancia. Las publicaciones procedentes de China, así como los casos que veíamos desde un principio en consultas y hospitales, así lo indicaban. ¿Qué hacíamos entonces con lo que sabíamos? El papel de los niños en la transmisión del virus era uno de los puntos importantes. “Los niños son supercontagiadores”: este fue el mensaje ampliamente compartido en los medios de comunicación, sin que existiera ninguna evidencia para afirmar algo así. Es más, en marzo de 2020, el Instituto Noruego de Salud Pública (NIPH) apuntaba en una revisión rápida que esto distaba de ser así. Eran necesarios, por supuesto, más estudios, pero parecía que los adultos podíamos tener un rol en la transmisión mucho mayor que los niños. Se había establecido a nivel social una sospecha sobre la población infantil, no solo injustificada sino absolutamente carente de la más mínima ética.

Una frase de la filósofa Marina Garcés respecto al impacto del confinamiento sobre los niños expresaba con suma claridad, ya en abril de 2020, cuál sería su estado emocional, antes de que aparecieran los primeros datos cercanos al respecto: “Los hay que están viviendo unas pequeñas vacaciones con sus padres… Los hay que están metidos en verdaderos infiernos”.

La filosofía, la ética o la sociología son disciplinas imprescindibles, y sin embargo la ciencia médica aparecía como el único faro a seguir. “No hay evidencia ni a favor ni en contra del confinamiento de los niños”: era una frase que se oía como justificación de las medidas tomadas cuando se alzaron las primeras voces para alertar sobre la situación que estaban sufriendo los niños. La evidencia científica necesita tiempo, pero es la intervención a implementar la que tiene que probar los potenciales beneficios y, por supuesto, estudiar los potenciales riesgos de la misma. No son equiparables confinamiento y vida en libertad. Esas otras disciplinas ya reflexionaban sobre los posibles riesgos. Pero es que además ya disponíamos de datos. A principios de abril de 2020, la Fundación para la Ayuda de Niños y Adolescentes en Riesgo ANAR destacaba que “muchos niños y adolescentes están sufriendo más violencia y desprotección que nunca”.

Un editorial publicado en abril de 2020 en The Lancet alertaba sobre los más de 154 millones de niños que se habían quedado sin escuela en América Latina y el Caribe, de los cuales 85 millones se beneficiaban de programas de alimentación en la escuela, siendo millones los niños para los que aquella comida suponía una de las fuentes más fiables de nutrición.

¿Era esta una realidad lejana? Ya antes de la llegada del coronavirus a nuestro país, la pobreza infantil se encontraba cerca del 30%, afectando a 2,2 millones de niños, niñas y adolescentes, según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV) para 2019. Dependiendo de las fuentes, entre medio millón y un millón de niños y adolescentes carecían de ordenador en su casa, en la era de la escuela digital. La plataforma de Asociaciones de Psiquiatría y Psicología Clínica por la Salud Mental en la Infancia y Adolescencia publicaba en abril de 2020 un informe en el que analizaba estudios científicos referidos al impacto en la salud mental de otras pandemias y las medidas tomadas en las mismas, como cuarentenas y aislamientos, y advertían que un 30% de los niños, niñas y adolescentes podrían presentar síntomas de estrés postraumático por las medidas impuestas en la gestión de la covid-19.

Tras las primeras semanas de confinamiento, se publicaron otros estudios en nuestro medio sobre las consecuencias del mismo en la infancia, apuntando a un impacto negativo a diversos niveles: académico, físico, social y emocional. Un informe, La salud de la infancia confinada, con más de 11.000 encuestas realizadas en todo el estado, destacaba: “El 25% de la población no tiene espacio exterior al que salir en su vivienda”; “el 25% de los niños está más de 6 horas delante de pantallas”; “el 20% de la población infantil no está realizando apenas ejercicio físico”; y todo ello era más acusado en los hogares vulnerables cuyas viviendas presentaban más humedades, ruido, tabaco y falta de luz solar que el resto.

Y aun así estuvieron 42 días sin poder salir de casa, algo sin parangón con ninguna otra edad, ni con ningún país europeo. Salieron un domingo 26 de abril tras seis semanas de estricto confinamiento. Y aunque sus juguetes, voces y risas inundaron de nuevo el espacio, no fueron pocos padres y madres los que en consulta nos referían que sus hijos “no quieren salir a la calle, se han enganchado a las máquinas los mayores y los pequeños tienen miedo del virus y de contagiar a los abuelos”.

Era más que necesario un mensaje tranquilizador por parte de las autoridades, como el lanzado por la Sociedad Francesa de Pediatría en mayo de 2020: “Queremos tranquilizar a los padres… La covid-19 en los niños es una enfermedad benigna en la práctica totalidad de los casos. Hay muchos más beneficios que riesgos en recuperar la vida colectiva”. Y en junio, en su informe La nueva normalidad educativa y de ocio, la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria y Save the Children hacían hincapié en “el riesgo sin precedentes que el cierre de los centros educativos había supuesto en términos de protección a la infancia y derecho a la educación”, siendo esto especialmente grave en los niños y niñas más vulnerables. Entre los numerosos datos aportados, destacaba que “el alumnado en situación de vulnerabilidad tiene cuatro veces más probabilidades de repetir curso que el resto de sus compañeros a igual nivel de conocimientos”.

Se construía un consenso amplio sobre la necesidad de abrir las aulas nuevamente (aunque algunos países europeos nunca cerraron, y otros muchos abrieron antes), pero se echaba de menos por parte de los responsables un balance y un análisis de las decisiones tomadas hasta el momento.


La primera vuelta a las aulas

En agosto de 2020, y antes del primer regreso a las aulas, el Centro Europeo para la Prevención y Control de las Enfermedades (ECDC) resumía la evidencia publicada en aquellos 6-9 meses de pandemia respecto a infancia y la covid-19. Destacaban cinco puntos:

1) Se confirmaba que el SARS-CoV-2 en las niñas y niños produce mayoritariamente una enfermedad leve y autolimitada.

2) No se había demostrado la efectividad del cierre de las escuelas sobre la transmisión comunitaria de manera clara.

3) No se había visto aumento de brotes en los países donde las escuelas se abrieron de manera adecuada.

4) Era infrecuente la transmisión niño-niño en medio escolar, principalmente en los más pequeños, y los casos que se daban en este medio tenían como fuente principal el hogar.

5) Los trabajadores de la educación no eran grupo de riesgo comparativamente mayor que otras profesiones.

En septiembre de 2020, un extenso informe de UNICEF alertaba sobre el «fuerte» deterioro físico y mental de los niños en la pandemia, también a nivel social y económico. Todo esto se sabía antes de la reapertura de las aulas. Aunque algunas voces mediáticas subrayaban que “la escuela es un lugar seguro”, las autoridades sanitarias antes del inicio del curso “instaban a que los niños no se relacionen entre sí”, yendo ya en contra de toda evidencia. Más importante, iba en contra de la naturaleza más genuina de los niños. La psicóloga Nahia Idoiaga afirmaba: “No se puede pedir a los niños lo que no pueden hacer”. Mientras, los parques cerrados y las terrazas de los bares abiertas.

Con todo, gracias al trabajo, la ilusión y el compromiso de muchas personas, se consiguió que se abrieran las aulas. También había miedo. Si la palabra shock definía el inicio de pandemia, ahora eran caos y verticalidad las que describían aquella vuelta a las aulas. Los protocolos, no sabemos basados en qué datos y evidencias, protagonizaban la escena. Protocolos sanitarios con indicaciones de realización de PCR ante «cualquier síntoma». La realización de testeos o las indicaciones de aislamiento abrían numerosas y complejas consecuencias sociofamiliares, y no solo en lo que respecta al cuidado. Nada de eso se medía. No se ofrecían datos de incidencia, de positividad por franjas de edad, para saber en qué se basaba dicha indicación. Otros países tenían en cuenta los hechos diferenciales de la infancia y construían algoritmos de actuación específicos ante la sospecha diagnóstica. Aquí, mientras tanto, en los niños regía el mantra «todo excepto mocos debe testarse». Los protocolos escolares con medidas como mascarillas en interior y exterior, grupos burbuja, prohibición de balones, etcétera, sin evidencia conocida, inundaban su día a día. Se instaba a los niños y niñas a no compartir materiales, a pesar de que los objetos suponían un riesgo muy escaso en la transmisión comunitaria. ¿Qué pasaba con medidas como la disminución de ratios y actividades al aire libre para las que sí parecía existir evidencia?

No se aprovechó la crisis para llevar a cabo cambios estructurales, y lo sanitario no fue una excepción. Mercedes Pérez Fernández y Juan Gérvas han destacado en múltiples ocasiones que “el nuevo coronavirus se encontró con sociedades enfermas”. Teníamos una oportunidad para desarrollar una vacuna social.

Pero además, los protocolos escolares eran desiguales en las diferentes comunidades autónomas de España. Incluso dentro de la misma ciudad, había colegios que aplicaban medidas por encima de lo establecido por los protocolos escolares. En algunas regiones, toda un aula se confinaba cuando había un caso positivo, pero en otras comunidades no; algunos centros evitaron las excursiones o los talleres educativos dados por personal externo al mismo, durante todo o casi todo el curso escolar. Esto contrastaba con la realidad vivida por los adultos en otros ámbitos. Y a finales de curso, los hechos y la evidencia científica revelaban el gran impacto de medidas como los cierres de escuelas o los confinamientos en la salud mental y el aprendizaje de la infancia y la juventud.

Muchas voces instaban a los gobiernos a tener en cuenta las consecuencias negativas para la salud pública antes de adoptar medidas restrictivas en la infancia. La Asociación Española de Pediatría alertó en junio de 2021 de que las urgencias pediátricas por problemas psiquiátricos habían crecido un 50%, los ingresos en unidades de psiquiatría infantil se habían multiplicado por cuatro, y por dos los trastornos de conductas alimentarias. Algunas familias y pediatras se preguntaban si el próximo curso se iba a permitir que los niños fueran niños, y que no se les considerara «héroes» por llevar mascarillas, como afirmara la ministra de Educación Isabel Celaá, o «resilientes», o afirmar que «se adaptan bien», porque no se trataba sino de un modo de colaborar en la ocultación de unas consecuencias dramáticas.


La segunda vuelta a las aulas

Durante el año anterior al segundo regreso a las aulas, se afianzaba la evidencia de que, por parte de los más pequeños, se daba una baja transmisibilidad y pasaban una enfermedad leve en la mayoría de los casos: “Un estudio que analizó los contagios dentro de los grupos burbuja en la escuela en Cataluña (más de un millón de estudiantes) en presencia de intervenciones no farmacológicas, entre septiembre y diciembre de 2020, encontró que la propagación dentro del grupo burbuja era pequeña en general y menor en los de menor edad: el 75% de los casos índice no contagiaron a ningún otro alumno del aula. Además, los brotes de superpropagación (5 o más casos) sólo ocurrieron en el 2,5% de todas las infecciones desencadenadas por un caso índice”.

The Lancet había destacado que la mortalidad por covid-19 en estas edades podía estimarse en 1 por millón, una ratio muchísimo menor que el provocado por los accidentes de tráfico, los ahogamientos e incluso el suicidio. El caso de Suecia resultaba revelador: con un buen sistema sanitario, así como soporte social, en casi dos millones de menores de 16 años que habían asistido a las escuelas e institutos, sin mascarillas, entre marzo y junio de 2020, había habido 1 caso de covid grave por cada 130.000 niños, y ninguna muerte.

Durante ese año, la inmunidad natural crecía, aunque seguíamos sin un estudio de seroprevalencia e inmunidad natural en niños, que sin lugar a dudas habría ayudado y ayudaría, entre otras cosas, a tomar decisiones sobre la vacunación infantil.

Por otro lado, una revisión panorámica que incluía diecisiete revisiones sistemáticas y cuatro informes con una evidencia moderada, destacaba un probable daño severo sufrido por los niños y adolescentes como consecuencia no del virus, sino de las medidas tomadas en la pandemia.

A pesar de lo vivido y publicado en año y medio, no se cambió casi nada respecto a la infancia y el medio escolar. La segunda vuelta a las aulas se caracterizó por la continuidad de los protocolos instaurados el año anterior. No se revisaban las medidas previas y la vacunación infantil era la medida protagonista. ¿Qué decían los medios de comunicación de masas en este segundo regreso a las aulas? Se destacaban los casos de covid infantiles, el número de aulas cerradas (pero no la escasa transmisión interna), los casos con covid de niños ingresados que los medios presentaban, sin ser cierto, como casos por covid. En noviembre de 2021, los niños lideraban la incidencia, probablemente porque en proporción se les hacía más pruebas, al tiempo que se encontraban a la cola de la positividad (porcentaje de test positivos de entre los test realizados), como muy bien apuntaba el médico Juan Simó, desmontando el relato de que niños y adolescentes fueran «reservorio» alguno del virus.

Ninguno de esos puntos se aclaraba, y se cruzaban muchas líneas rojas, abriendo la puerta a la discriminación infantil: se imponían pasaportes covid obligatorios para niños a partir de los 12 años para realizar actividades en espacios cerrados.

¿Se usaba implícita o explícitamente la vacunación como moneda de cambio para flexibilizar los protocolos escolares? Ante la petición de la Asociación Española de Pediatría de retirar las mascarillas en los colegios (formulada a principios de 2022), desde los sindicatos docentes, así como cargos políticos como la viceconsejera de Salud de Andalucía, entre otros, se afirmaba que no era el momento de quitar las mascarillas hasta avanzar en la vacunación. Así, mientras se flexibilizaban protocolos en ámbitos no educativos y se retiraban las mascarillas en exteriores para la población general, los niños y niñas tuvieron que llevarla en el patio y hasta realizando deportes al aire libre. Desde el 30 de diciembre de 2021, se dejó de hacer búsqueda activa de contactos estrechos en la población en general, mientras que en las aulas de primaria se mantuvo hasta el 8 de marzo. ¿Por qué la escuela ha sido el ámbito donde se han aplicado las medidas más restrictivas y donde se han practicado más pruebas diagnósticas hasta el primer trimestre de 2022? ¿Por qué continuó la mascarilla en el interior de la escuela, a pesar de que la Asociación Española de Pediatría, la Societat Catalana de Pediatria, o un grupo de pediatras vascos se hubieran pronunciado a favor de retirarla?

Se trataba de medidas tomadas en ausencia total de debate, al igual que lo sucedido con la vacunación infantil.


La vacunación infantil

Tras la autorización de uso de emergencia en población adulta de las primeras vacunas frente a la covid-19 en diciembre de 2020, en mayo de 2021 la FDA estadounidense y la EMA europea autorizaban también para uso de emergencia la administración de la vacuna Comirnaty de Pfizer-BioNTech en adolescentes entre 12 y 15 años. En este caso, las recomendaciones sobre la misma variaban en los distintos países (cronología, número de dosis, etc.).

En agosto de 2021, el seminario de innovación en atención primaria (SIAP) elaboraba un documento de análisis y debate sobre la vacunación infantil, planteando cinco cuestiones para la discusión:

1) ¿Qué beneficios/ventajas personales supone la vacunación contra la covid-19 en infancia y adolescencia?

2) ¿Qué perfil de seguridad presentan estas vacunas en estas edades?

3) ¿Supone la vacunación de este grupo alguna ventaja para la población general y para la llamada inmunidad de grupo?

4) ¿Podría la infección natural en los niños proporcionar más y mejor protección a largo plazo que la vacuna y contribuir a «acelerar» el tránsito a la fase endémica?

5) ¿Qué consideraciones éticas acompañan a este debate sobre vacunación de la infancia-adolescencia? ¿Dónde están sus voces que no se oyen?

La Red Española de Atención Primaria (REAP) se unía a la petición de cautela: “Por ahora es imposible apoyar la vacunación indiscriminada de infancia-adolescencia porque cabe la duda racional de que estemos produciendo daños en exceso”.

El 25 de noviembre 2021, la EMA ampliaba la autorización de emergencia de la vacuna Comirnaty a los niños de entre 5 y 11 años. Sobre esta decisión tampoco hubo apenas debate. Es más, de un «no hay claro beneficio/riesgo», se pasaba a una recomendación para todos los niños sanos de esa edad. Juan Simó lo resumía así en un artículo: “En las últimas semanas, la autoridad ha pasado de tener «dudas» sobre su vacunación masiva a tenerlo tan claro que la empieza en menos de 100 horas. Lo mismo ha ocurrido con la sociedad de pediatría: de considerarla injustificada, a recomendarla sin fisuras. Demasiado cambio en tan poco tiempo, justo cuando la variante ómicron pone en duda la efectividad vacunal y cuando ya somos líderes europeos en dicha variante”.

Algunos países como España, Francia y Portugal daban comienzo a la vacunación tras recomendarla a todos los niños de entre 5 y 11 años. También en Italia, donde se aseguraba que “los datos disponibles mostraban una alta eficacia y ninguna señal de preocupación en cuanto a la seguridad se refiere”. Países como Finlandia, Noruega, Francia o Alemania, entre otros, recomendaban la vacuna sólo a los niños de entre 5 y 11 años con factores de riesgo o convivientes con sujetos inmunodeprimidos. Para su indicación al resto de niños en esa franja de edad, Finlandia decía precisar de más información sobre su seguridad: “Queremos estar seguros de que la vacuna no produce más daños que beneficios. La cuestión es si la vacunación es segura en estos niños que rarísimamente desarrollan complicaciones serias por covid-19”. Con posterioridad, Noruega y Finlandia pasaron a ampliar el ofrecimiento a todos los niños, aunque centrando claramente su recomendación en los que presentan factores de riesgo asociados, como hace Alemania.

La enfermedad por SARS-CoV-2 produce en los menores una afectación leve en el 99,5% de los casos. A pesar de la infranotificación al respecto, se siguen recabando datos generales, y también de niños, sobre los potenciales efectos adversos de la vacuna, algunos confirmados y más conocidos como las miocarditis/pericarditis y otros menos.

Datos recientes internacionales recabados de pacientes adolescentes varones tras haber recibido la segunda dosis de la vacuna Pfizer arrojan tasas de miocarditis de 1/6600 (16-19 años) en Israel, 1/7400 (12-17 años) en Ontario y 1/2700 (12-17 años) en Hong Kong. En la actualidad, Suecia recomienda esta vacuna exclusivamente a los niños de 5 a 11 años con factores de riesgo. Este país, junto a Finlandia, Dinamarca y Noruega, han suspendido la administración de la vacuna de Moderna (llamada Spikevax) en los menores de 30 años porque al parecer se asocia a un riesgo mayor de dicha complicación cardiaca.

Ha quedado evidenciado que, lamentablemente, las vacunas contra la covid-19 no cortan la cadena de contagios, pues no impiden que el virus SARS-CoV-2 se aloje y prolifere en las mucosas de las personas vacunadas, hecho que ha quedado más que demostrado con la variante ómicron.

La inmunidad generada tras la infección parece más robusta y duradera que la generada por las vacunas. Datos recientes del Instituto Nacional de Estadística del Reino Unido revelan que los niños entre 8 y 11 años tenían a primeros de febrero de 2022 una tasa de anticuerpos contra el SARS-CoV-2 del 82% en Inglaterra, del 80% en Gales, del 72% en Irlanda del Norte y del 82% en Escocia.

El gobierno de Países Bajos ya informa a los padres de que en dicho país se estima que dos tercios de los niños entre 5 y 11 años ya han tenido una infección por el nuevo coronavirus y que dicha infección protege al niño frente la enfermedad grave, incluido el MIS-C, como lo hace la vacunación.

¿Cuál es la ventaja de vacunar a los niños que ya han pasado la infección? ¿Estaríamos corriendo riesgos adicionales? Peter Doshi, Joan-Ramón Laporte y Juan Erviti, entre otros, urgían a mejorar el sistema de farmacovigilancia y no perder de vista los efectos adversos a medio-largo plazo. Desconocemos aún muchos aspectos del uso de esta tecnología (ARNm), nueva en vacunas; e ignoramos los posibles mecanismos patogénicos, tanto del propio virus, como de los potenciales efectos adversos de esta vacuna en diferentes sistemas y tejidos. Lo que sí sabemos es que dado el carácter abrumadoramente leve de la infección por SARS-CoV-2 en la infancia, la exigencia de seguridad en su vacunación y en el resto de medidas que afectan a los niños es, en este caso, especialmente vital.

Por último, cabe aludir a la Declaración de Helsinki, así como al Código de Deontología Médica del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, que abordan los dilemas éticos en la investigación médica. En la Declaración de Helsinki, promulgada en 1964, se puede leer: “La investigación médica en un grupo vulnerable sólo se justifica si la investigación responde a las necesidades o prioridades de salud de este grupo y la investigación no puede realizarse en un grupo no vulnerable. Además, este grupo podrá beneficiarse de los conocimientos, prácticas o intervenciones derivadas de la investigación”.

No necesitamos vacunar a los niños para quitarles las mascarillas, decía Vinay Prasad. No necesitamos vacunar a los niños para revisar los protocolos actuales. No hemos sido capaces en dos años de construir una evidencia de calidad que sustente, por ejemplo, el uso de mascarillas en la infancia. No tenemos estudios de calidad que las avalen en niños en la escuela, pero se las hemos seguido imponiendo, aun cuando los efectos negativos comienzan a ser evidentes y tenemos serias dudas sobre su utilidad.


Reflexiones y propuestas

Admite poca discusión el hecho de que las decisiones que afectaban en esta pandemia a infancia-adolescencia no han tenido en cuenta su realidad, ni se ha realizado un adecuado balance beneficio-riesgo de las mismas. Las voces de niños y adolescentes no eran consideradas vitales. Ha sido preocupante la criminalización que han padecido, sin ningún mensaje sobre los aspectos positivos de sus vidas y necesidades. Cuando la edad adulta trata así a las generaciones más jóvenes que ya están aquí, que no se sorprenda después de que la profecía se autocumpla en muchos sentidos. Todos necesitamos que crean en nosotros y nos protejan; para los niños es esencial.

¿Y por qué sería importante escuchar sus voces? No sólo porque es su derecho y nuestra obligación; escuchar ayuda a reparar el dolor. En esta pandemia los niños pueden estar haciendo un sobreesfuerzo para encajar en las medidas impuestas que les ha podido alejar de sus propias necesidades. El dolor no visto no es fácilmente reparado. No escuchar sus voces, no atender sus preguntas con el mimo que merecen, nos aleja a todos de una sociedad que aprende, tolera y construye vidas mejores para todos. Lo explicaba la filósofa Marina Garcés: “¡Es muy difícil hacer preguntas! Eso es una cosa que se ve mucho cuando los niños y niñas van creciendo y tienen la espontaneidad de la pregunta, aquella que incomoda, pero que en realidad la incomodidad es de los mayores, no de los niños. Quien no se deja hacer preguntas son aquellos que ya han demarcado unos límites de aquello pensable, de aquello evidente, de aquello que nos sitúa en un mundo y nos permite funcionar. Pero cualquier pregunta bien hecha vuelve a abrir estos límites, vuelve a abrir estas representaciones, vuelve a hacer que de alguna manera se nos muevan aquellos parámetros que nos daban unos marcos de funcionamiento y de reconocimiento”.

Si no cuidamos el espacio para sus preguntas y sus voces podríamos estar gestando un estado de falta de debate, de aprendizaje; la simplificación de cuestiones complejas, y acabar señalando y castigando a todos los que opinen diferente. Es básico cultivar la reflexión y acompañar a los más pequeños en este sentido. En otra entrevista, Marina Garcés lo exponía así: “La progresiva pérdida de curiosidad de muchos jóvenes a medida que se van haciendo mayores, es la que aprenden del miedo de sus adultos, que nos recubrimos muchas veces de respuestas aparentemente seguras. Hay miedo a compartir lo que no sabemos, miedo a perderse, perder el tiempo, seguridad, legitimidad o autoridad. Poco a poco los niños que se van haciendo mayores incorporan esa manera muy instrumental de relacionarse sólo con lo que resulta reconocible y cercano”.

Deberíamos ser capaces de cambiar esta tendencia.

Algunas familias pensaron que serían capaces de proteger a sus hijos sin cambiar las normativas que impactaban en su bienestar. Hoy ha quedado más patente que eso era y es una quimera. Hacía y hace falta atajar las causas profundas del malestar de la infancia y juventud que son sociopolíticas.

Por tanto, aunque en relación a la infancia necesitaríamos muchos cambios, dejamos tres propuestas para la reflexión:

1) Poner en el centro de las decisiones las necesidades infantiles, no sólo a nivel familiar, académico, etc., sino por supuesto también a nivel político. Es urgente regular, prestigiar y reconocer, también económicamente, los cuidados. Necesitamos calendarios laborales más compatibles con la crianza para todos. Pero además, es básico poner en el centro la alegría, la vitalidad, la inteligencia que desprenden los más pequeños, no para sobrecargarlos y exigirles más que a los adultos sino para que no tengan que sacrificarlas en nombre de la adaptación a una sociedad adultocéntrica que tiene mucho de patología de la normalidad, como diría Fromm.

2) Necesitamos trabajar algo preocupantemente ausente en esta pandemia: los debates serenos y respetuosos. No podemos sacrificar el aprendizaje, la tolerancia, la complejidad de una construcción conjunta, y dividir, segregar e incluso discriminar a los niños en aras de un cumplimiento de normas sin ciencia ni ética. Es imprescindible debatir para una práctica transparente y rigurosa que haga un correcto balance beneficio-riesgo de las medidas tomadas. Todavía hoy, según UNICEF más de 616 millones de estudiantes siguen con sus clases presenciales suspendidas parcial o totalmente en el mundo.

3) Y los niños solos no pueden. Necesitan ser escuchados. Pero para ello seguramente los adultos debamos hacer un trabajo personal y social. Hay experiencias como la plataforma “Escuela y Covid” en la que adultos, madres y padres se han organizado para que los protocolos educativos fueran más acordes con el avance científico y con un adecuado balance riesgos/beneficios de las normativas que incorporaban. También para combatir el relato del poder, que quiere afirmar que se hizo bien, o todo lo bien que se pudo en aquel momento con el conocimiento que se tenía. Porque si se acepta ese relato, resulta más probable que vuelva a repetirse lo que se ha venido haciendo a la infancia y adolescencia.

Dice Marina Garcés que los adultos necesitamos «ganar tiempo y perder miedo». Miedo a no saber, a equivocarnos, a ser criticados, miedo. Y tiempo, para jugar, reír, discutir, llorar y reconciliarnos con nosotros mismos y con nuestros hijos. Tiempo para pedirles perdón como sociedad por algunas de las cosas hechas durante estos dos años. Tiempo para imaginar y trabajar por un mundo mejor.

Manuela Contreras García
Isabel Canales Arrasate

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