La segunda ola psiquiátrica nos abruma

            Entre los más jóvenes, los actos y las ideas suicidas afluyen desde el otoño, alerta un colectivo liderado por Lisa Ouss, profesora asociada en psiquiatría infantil en el hospital Necker, en París, y los miembros del consejo científico de la Sociedad francesa de psiquiatría del niño y del adolescente.

            ¿Cómo contestar a este dilema imposible: seleccionar a los niños y los adolescentes que vamos a ingresar después de un gesto o una intencionalidad suicida fuerte? Si los actos o ideas suicidas de los jóvenes disminuyeron durante el primer confinamiento, han aumentado mucho desde el otoño, quizá favorecido por un discurso fatalista sobre una juventud sacrificada.

            La segunda ola psiquiátrica nos abruma, y nosotros, los psiquiatras infantiles, psiquiatras, psicólogos, actores de los cuidados psíquicos y con la preciosa ayuda de los pediatras, a pesar de haber lanzado la alarma desde hace tiempo, estamos condenados a la catástrofe anunciada pero ahora cotidiana. Sin embargo, un gesto o una intención suicida, en un niño o un adolescente, señala una angustia que debe ser inmediatamente escuchada, acompañada, en toda su complejidad de un entorno escolar, familiar, social que el contexto actual fragiliza.

            Para ello, hace falta tiempo, una escucha, un espacio y el del hospital es un refugio necesario, a salvo de las turbulencias. Sin embargo, se transforma en extremadamente difícil -incluso imposible- ingresar rápidamente a un niño o un adolescente que presenta tales pensamientos o que pasó al acto (de suicidarse). No queremos “seleccionar” los pacientes Covid-19, ¿estamos realmente dispuestos a seleccionar los niños y adolescentes después de un gesto o una intención suicida fuerte?

Nuestra inquietud

¿Hace falta contar la búsqueda interminable e infructuosa de una cama? ¿Hace falta contar cómo enviamos a su casa estos adolescentes y cómo los volvemos a ver cada día hasta llegar al Santo Grial, una cama en pediatría o en psiquiatría infantil? ¿Hace falta contar con detalle la reacción de su entorno cuando se les anuncia la vuelta a sus domicilios? ¿Hace falta hace hincapié en el riesgo de transformar esta vuelta a domicilio en un primer escalón frente al acto que no está entendido con toda la gravedad que conlleva? ¿Hace falta contar nuestra incomodidad, nuestra preocupación y nuestro incumplimiento dejándoles marchar? ¿Hace falta contar las situaciones para saber cuál será la “peor” situación que vamos a elegir ingresar porque tenemos una única cama y varios pacientes?

Una sociedad que va a su perdición

            ¿Hace falta contar que cambiamos cada semana nuestras actividades desde hace varios meses para responder a necesidades urgentes? ¿Hace falta recordar que no podemos transferir en tren AVE, hacia otros territorios mejores, adolescentes que deben estar contradictoriamente alejados de su entorno que empujó su gesto, pero estando a la vez cerca?

            ¿Hace falta esperar un accidente ineludible por venir, otro suceso, para decir el sufrimiento y la angustia -sin embargo ya tan visible- que apagan a nuestra juventud? No aceptamos volver a casa diciéndonos que no hemos podido hacer correctamente nuestro trabajo.

            Koltès sabía abrir esos horizontes: “Me gustaría ir a ver la nieve en África, me gustaría patinar sobre los lagos helados.” Dice la niña. Una sociedad que no deja a sus adolescentes el territorio de lo posible, a falta del territorio de los sueños, es una sociedad que va a su perdición.

            Y nosotros, actores del cuidado psíquico, estamos convocados sin parar para apoyar a los equipos sanitarios durante la tormenta desatada del Covid-19, à cada acontecimiento traumático, frente a las cuestiones sociales de la juventud, sin que se nos dé los medios para responder a ellos, rechazamos ser los espectadores mudos de una catástrofe que podemos prevenir.

Fuente: traducción propia de un artículo de Le Monde Diplomatique (marzo 2021)